La Promesa

Isabel y yo llegamos a este pueblo cuando sólo teníamos diecinueve años, con nada más que la ropa que llevábamos puesta y un caballo que nos dio mi padre como regalo de bodas. No era un gran caballo, pero conseguimos nuestro primer trabajo juntos gracias a él. Usábamos el caballo para jalar el arado que abría los surcos donde plantaban las semillas de los nabos. Por bondad o por lástima, el dueño de esas tierras, el señor Botica, nos permitió quedarnos a dormir en su granja hasta que consiguiéramos un lugar propio. Trabajábamos de lunes a sábado de seis a tres y en el tiempo libre solíamos ir a pasear por el pueblo o íbamos a visitar al señor Botica que siempre nos invitaba a tomar merienda.

Pronto ahorramos dinero suficiente para rentar una pequeña casa en el pueblo. Malino es un pueblo pequeño, muy pequeño, tanto que no tenía ni funeraria ni cementerio. A las pocas semanas de habernos mudado, se murió el vecino de la casa de al lado. Como no tenía parientes, hubo que esperar a que la funeraria del pueblo más próximo tuviera la carroza desocupada para venirlo a buscar. Se tardaron dos semanas. El olor del cuerpo descomponiéndose hizo que los habitantes del pueblo se taparan la boca y nariz con trozos de tela, y resguardaran sus casas apiñando trapos húmedos en las rendijas de puertas y ventanas. A Isabel y a mí no nos molestaba el olor, no sé por qué. Cuando vinieron a retirar el cuerpo, fuimos los únicos que ayudamos a cargarlo hasta la carroza.

Después de eso, pensamos que lo más lógico era montar un negocio de pompas fúnebres y un cementerio en un terreno baldío. Lo establecimos en esa misma casa que luego del incidente la vendían a muy buen precio. Le llamamos “La Soledad”. Todos los habitantes de Malino respiraron aliviados al enterarse de que nosotros nos encargaríamos de sus muertos, pero al mismo tiempo creó una sombra alrededor de nosotros. Nadie venía a visitarnos, al menos no mientras estaban vivos, y nosotros no buscábamos estar con nadie más que no fuera el otro.

Así pasaron casi treinta años. Una mañana cualquiera, la hallé muerta. Su cuerpo en una posición que sugería que estaba sentada en la silla del comedor cuando ocurrió, pues tenía la cara contra el suelo, las piernas de rodillas, su cuerpo doblado como un triángulo. Ese mismo día la embalsamé y la puse en el sofá de la sala donde le gustaba sentarse a leer por la tarde.

Pasaron dos noches y dos días. No lograba comer ni dormir, porque no sabía hacerlo solo. Se me hacía insoportable la idea de que me enterraran lejos de ella. Si me hubiera suicidado, alguien hubiera llamado a la funeraria del otro pueblo y quién sabe dónde terminaríamos enterrados o desechados. Después de pensarlo mucho, encontré una solución. No es algo que hubiera elegido hacer, pero yo tenía una promesa que cumplir.

No podía enterrarme a mí mismo, eso lo descarté desde el principio por imposibilidades en el procedimiento. La única manera era meterme con ella en un mausoleo, de esos que se levantan sobre la tierra y están hechos de mármol. Pero nosotros no teníamos uno, y me hubiera tardado al menos una semana o más en construirlo. No creí que aguantase tanto tiempo sin comer ni dormir. El único mausoleo con espacio suficiente era el del señor Botica. Allí estaban sepultadas su madre y su hermana, pero todavía le quedaban varias criptas vacías. El inconveniente principal era que no podía llevar a Isabel hasta allá sin que me vieran; además, tarde o temprano el señor Botica se daría cuenta de que hay un ataúd de más en su mausoleo.

Debía entonces matar al señor Botica, hacer los servicios fúnebres y luego llevarlos a ambos en el mismo ataúd hasta el cementerio. Pero debía hacerlo esa misma noche, antes que me quedara sin fuerzas.

Nunca había pensado en matar a alguien ni sabía cómo hacerlo, pero se me ocurrió que la forma más sencilla era asfixiándolo durante la noche. Estaría dormido, sería una muerte dulce. Sabía que lo encontraría en la casita que tiene en el pueblo, porque solía quedarse ahí los miércoles después de reunirse con el contador. No habría testigos.

La calle estaba sola y sumida en la penumbra. En su casa se veía el resplandor de una débil luz por la ventana. Sabía que podía escabullirme por la puerta principal, porque jamás cerraba con llave.

Adentro todo estaba callado y oscuro. La tenue luz que había visto por la ventana, venía de una lámpara de mesa puesta en el corredor de la entrada. Encontré solo una puerta entreabierta, la del dormitorio. La cama estaba cerca de la ventana y le soplaba luz de la calle. El señor Botica dormía allí, respirando sus últimas bocanadas de aire con esos ronquidos ásperos de la vejez. Asfixiarlo era un trabajo sencillo.

Lo giré lentamente y comenzó a moverse como en sueños. Esperaba que no se despertara, no sabía si tendría el coraje de matarlo despierto. Se quedó quieto con la boca bien abierta. Arrastré la almohada sobre su cara y me abalancé sobre ella con todo el peso de mi cuerpo. Sus manos aleteaban y sus piernas convulsionaron con una fuerza que me pareció muy débil en comparación con la mía. Me mantuve así hasta que sentí que su cuerpo dejaba de temblar entre espasmos. Estaba hecho. Eché una mirada bajo la almohada y vi sus ojos abiertos y desorbitados. Le palpé la garganta y no encontré pulso. Lo había logrado. Era momento de irme a casa y esperar a que alguien lo encontrara.

Al siguiente día, me preparé desde temprano. Acosté a mi esposa en el dormitorio, me vestí de traje negro y salí a la funeraria. Saqué a la vista el ataúd más grande que tenía, lo suficiente para que cupiéramos los dos. A las diez de la mañana ya tenía al contador del señor Botica frente a mí. Me dio el pésame como si fuera yo un pariente. Le di las gracias y pasé a informarle el procedimiento de los servicios funerarios. Le recomendé que lo velaran solo por una noche porque que el clima estaba muy caliente y el cuerpo se descompondría más rápido. Él me dijo que podía enterrarlo de inmediato, que sus pocos parientes ni se acordaban de él y nadie asistiría al velorio. Eso fue una estupenda noticia para mí. Iba a poder sepultarme con mi esposa esa misma noche.

Cuando pensé que ya se iba, el contador abrió un portafolio con papeles en los que alcancé a ver escrito mi nombre: Rómulo García. Me informó que el señor Botica había arreglado que cuando muriera se pusieran a nombre mío y de mi esposa todas las tierras que habíamos trabajado cuando llegamos aquí. Al principio pensé que se trataba de un malentendido, pero cuando leí los documentos, supe que era cierto: el hombre al que había asesinado nos había dejado de herencia más de setenta hectáreas de tierra fértil.

Debo confesar que hasta ese momento no me había causado ningún remordimiento el asesinato. Me dio un mareo que hizo que me tabaleara. El contador me ayudó a sentarme y preguntó por mi esposa. “Fue a comprar materiales para el negocio”, le dije, “ya casi nos quedamos sin formol”. “¿Y no fue con usted?” preguntó sorprendido. Tartamudeé un poco antes de inventar una respuesta convincente, y le dije que me había enterado de la muerte del señor Botica y por eso me quedé en la funeraria. “¿Quién le dijo?”, preguntó, “todos lo saben, en este pueblo las malas noticias se saben pronto”, respondí. Me miró con sospecha, pero no preguntó nada más. Dijo que al día siguiente pasaría de nuevo a que le firmara los papeles necesarios para entregarme las tierras.

Me di cuenta de que ya no estaría ahí cuando él volviera. Estaría encerrado en un ataúd esperando a que llegara la muerte. Por primera vez sentí miedo y me dio vergüenza mi cobardía. Apareció Isabel frente a mí, reclamándome la putrefacción que poco a poco sufría su cuerpo mientras el mío permanecía lleno de vida. Esa vez si lloré. Le juré que esa misma noche estaríamos los dos juntos, esta vez para siempre, como se lo había prometido.

Saqué la carroza fúnebre y fui a buscar al señor Botica. Lo encontré igual que como lo había dejado la noche anterior, pero sus ojos estaban cerrados. A un lado de la cama habían dejado un traje azul oscuro, camisa blanca, una corbata y un par de zapatos negros. Los dolientes siempre entregan zapatos, pero jamás se le ponen zapatos a los muertos. Cargué el cuerpo y lo transporté hasta “La Soledad”. Lo embalsamé, lo vestí e hice lo que pude para maquillarlo. Mi esposa era la que solía hacer esa parte. Nadie lo iba a velar, pero pensé que el viejo merecía ser sepultado con buena facha.

Terminé de arreglarlo y meterlo en el ataúd a las dos y veinte. Me resultó muy pesado hacerlo todo solo y estaba cansado. Decidí salir un rato antes de irnos todos al sepulcro. Caminé por mucho tiempo sin pensar en nada más que en Isabel. Todo lo que veía me recodaba a ella. Sin habérmelo propuesto, llegué hasta las tierras del señor Botica, que a partir del siguiente día serían mis tierras. Los nabos estaban listos para la cosecha y había una huerta con plantas llenas de fresas enormes. Los peones y las mujeres me saludaron con una corta reverencia. Supuse que ya se habían enterado de que en adelante era a mí a quien debían obedecer. Por primera vez en mi vida me sentí poderoso y respetado. Una de las mujeres se acercó a ofrecerme algunas fresas. Tenía el cabello negro y brillante como un caballo y unos ojos azules que me miraron con interés. No recuerdo qué me dijo, pero tenía una voz dulce y serena. Recibí las fresas y las saboreé con el placer de una lengua que no ha probado nada en tres días. Imaginé a la mujer de las fresas acostada sobre la hierba que rodeaba la huerta jugueteando con las puntas de su cabello. Apareció de nuevo Isabel. Se veía peor que hace unas horas. Tenía la piel escamosa y verde y en su cabeza apenas quedaban pocos mechones de cabello que se había tornado completamente blanco. Protestó que ella no podía saborear el dulce jugo de las fresas. Me metí el dedo hasta la garganta y las vomité. Empecé a sentirme muy mareado y perdí el equilibrio. La mujer de las fresas me sujetó del brazo y su contacto hizo que me dieran ganas de llorar, pero solo me dejé caer al suelo. Mandó a que me buscaran un vaso de agua con azucar y me animó a bebérmelo entero. En cuanto me recuperé di las gracias y me marché.

Llegué a casa exhausto y sediento. Tomé dos vasos de agua más y después de eso sentí hambre por primera vez. Fui corriendo al cuarto donde tenía el cuerpo de mi esposa y la abracé. Estaba sumamente fría y tiesa. Miré su rostro y no encontré nada de ella ahí. Era como si estuviera viendo un cadáver cualquiera de los muchos que había enterrado. Me aparté de ella y empecé estrellar todo lo que encontraba contra el suelo. Halé las cortinas, di vuelta a la mesa de noche, abrí el armario y arranqué la ropa de ella para desparramarla por el suelo. Pateé, golpeé, grité como si un demonio se hubiera apoderado de mi cuerpo. Fui hasta la cocina y saqué una hogaza de pan duro. La mordí con rabia y mastiqué el trozo pétreo hasta que se convirtiera en algo que pudiera tragar. Levanté la mirada y ahí estaba ella otra vez, más descompuesta. Los ojos parecían dos bolas blancas metidas en cavidades cadavéricas y sus dientes podían verse hasta las encías aunque no estaba sonriendo. Antes de que volviera a hablarme le increpé duramente el haberme dejado. Le grité toda clase de insultos entre sollozos y salpicones de saliva, mientras seguía tirando todo cuanto encontraba cerca. Ella ni se inmutó, solo mantenía sobre mí esa mirada de reproche.

Corrí hasta el cuarto, cargué su cuerpo y lo llevé hasta el ataúd del señor Botica. La acomodé toscamente y cerré la tapa. Fui por la carretilla y subí en ella el ataúd para llevarlo hasta la carroza.

Me tardé menos de una hora en llevarlos hasta el cementerio. Abrí la puerta del sepulcro y desplacé la urna hasta el lugar que había elegido previamente. Cerré la puerta y abrí la tapa del ataúd. Si bien era más grande de lo normal, los dos cuerpos estaban muy juntos, el brazo del señor Botica se había desplazado en el camino y su mano descansaba sobre la cadera de mi esposa como si estuviese bailando con ella. Cargé al señor Botica y lo metí con los pies por delante dentro de una de las criptas, donde yacería para siempre sin un cofre que lo protegiera de las ratas y las moscas. El ataúd de Isabel y mío quedaría sellado sobre la plataforma central bajo una cruz de vidrio grueso que permite entrar la luz. Metí primero mis piernas y luego me recosté junto a ella. Bajé la tapa y la aseguré por dentro con unos broches que había atornillado previamente. Ya no pude ver nada.

Cualquier movimiento que hiciera se escuchaba nítidamente por el roce de nuestras ropas. Pasé mis dedos por su rostro áspero y gélido. Aparté la mano de su cara y me conformé con recostar mi brazo sobre su pecho. Había pensado que no tardaría mucho en acabarse el aire, pero continuaba respirando normalmente. No tenía reloj, pero escuchando mis latidos calculaba cuanto tiempo iba transcurriendo. Creo que me quedé dormido cuando llevaba contados trescientos veinte.

Desperté sintiendo un olor ácido, como a vinagre. Me apreté la nariz y boca, pero antes de poder asfixiarme mi mano se aflojaba e involuntariamente aspiraba una bocanada de aire. Pasaban las horas y no yo no me moría.

Fue cuando desperté por segunda vez que entré en pánico. La solución a la incomodidad, a la sed, al hambre y a los calambres de mi cuerpo era muy sencilla y estaba al alcance de mi mano. Sólo debía levantar la tapa. Me acurruqué contra ella y le sollozaba que me llevara con ella, que me ayudara a cumplir mi promesa. Se oyó un ligerísimo golpe en la tapa, como si sobre ella hubiese caído una semilla. Pensé que quizás alguien me había escuchado y había entrado al sepulcro. Abrí la tapa. El sepulcro estaba casi tan oscuro como dentro del ataúd, pero poco a poco mis ojos lograron ver las formas que me rodeaban. La poca luz provenía de la cruz de vidrio en la pared. Tenía todas las extremidades acalambradas, tardé mucho en salirme del ataúd. Escudriñé el interior del sepulcro, pero solo me topé algunas ratas. Regresé hacia la urna abierta. Nunca había sentido tanto pavor en mi vida. Sólo imaginarme entrar ahí otra vez sin saber cuando acabaría yo de morirme me paralizó. Fue entonces cuando le dije: no puedo hacerlo, mi amor.

Sentí que la voluntad me abandonaba y que las lágrimas no pararían de brotar jamás. Pensé que moriría de tristeza tirado en el suelo de ese sepulcro. La noche se puso más oscura cuando ya no me quedaban más lágrimas para llorar. Me levanté, le di un beso en sus labios gélidos y cerré la tapa.

Vagué por las calles solitarias de Malino buscando la granja. Abrí el portón de madera y encontré el rincón donde Isabel y yo nos acurrucábamos por las noches. Me senté ahí. Estaba entumecido, recuerdo ese momento como si se tratara de otro que no soy yo. La luz del alba empezó a filtrarse por las rendijas del granero. Me asomé a contemplar el campo que me pertenecía y sentí a mi derecha una figura ligera que no me atreví a mirar. Una mano se posó sobre mi hombro, “¿se siente mejor?” La miré y en sus ojos azules encontré un alivio infinito. Sonreí para ocultar la culpa. Aun hoy continuo sonriendo.

Escrito por: Carolina Pribanic

El Final de Mayra Larns

 

La estilista llegó a las ocho y treinta par hacerme maquillaje y peinado. Lo primero en la agenda del día era desayunar con el protagonista de mi última película, así que tocaba emperifollarme más de lo normal. Le dije a la estilista, con la justa vacilación en el tono, que era la última vez que iba a necesitar de sus servicios. No me preguntó por qué ni frunció el ceño ni nada, solo se quedó impávida con un grueso mechón de cabello en la mano. Dudo que sospechara que planeaba desde hace alguno meses desaparecer el día de hoy a las cinco de la tarde (que viendo el reloj, ya casi es hora), porque lo he mantenido bien disimulado. Los únicos enterados somos mi agente, mi mamá y yo, pero si alguien más lo supiera y abriera la boca, la noticia volaría a estamparse en las portadas de las revistas y una horda de paparazzi se abalanzaría contra las puertas de mi casa. Bueno, creo que estoy exagerando un poco. Quizá ya estaba pensado en dejarme, la estilista, digo. Nunca se mostró particularmente feliz de trabajar para mí y alguna vez le vi el rostro enfurruñado mientras me peinaba. Hace diez años que tengo a alguien que me arregle el cabello todos los días, no recuerdo cómo es natural. Creo que algo crespo y color castaño oscuro o negro, no sé. Supongo que lo sabré en pocas semanas.

Los fotógrafos me esperaban a pocos metros del portó de la casa, obviamente alertados por mi agente de que a las diez desayunaría con mi coprotagonista. Eran ya las nueve y cincuenta, así que llegaría elegantemente tarde. Me puse los lente de sol y atravesé la puerta con aires de diva. Eso bastaba para volverlos locos. “¡Mayra!”, gritaban, y yo les regalaba una sonrisa de comercial de dentífrico para sus revistas de farándula. A nadie se le ocurre llamarme por mi verdadero nombre. Una sola vez caminaba alguna alfombra roja cuando alguien gritó: “¡Lucía!”. Me detuve y busqué la voz con la mirada, pero fue imposible ubicar quien era cuando todos empezaron a cantar como grillos “¡Lucía!, ¡Lucía!”

Caminé hasta la limosina empujada por la corriente. Esa corriente se llama Jacobo, mi guardaespaldas. Es exageradamente grande así que le sobraba el largo de los brazos para cuidar de mi que soy de talle petit. Como de costumbre, escondí mi rostro mirando el suelo y él me guió hasta el auto. Es extraño caminar sin ver hacia dónde, pero teniendo a Jacobo como guía no siento ningún temor.

Llegamos al Café de la Rue a las diez y quince. Otro enjambre de fotógrafos nos esperaba en la entrada, pero Jacobo prefirió que entráramos por la puerta de atrás. Allí encontramos a uno o dos fotógrafos que apostaron por la entrada trasera y les premié con buenas poses. Cada vez que entramos a través de la cocina de un restaurante, parece que el tiempo se congelara y todos quedaran en estado de espera: el cocinero con el sartén en la mano frente a la estufa caliente, el panadero con la charola llena de masitas amarillentas frente al horno abierto, el lavaplatos con las manos exudando espuma frente al fregadero, y a veces, hasta el mesonero que va de salida con dos platos en cada mano. Cualquiera pensaría que están acostumbrados a ver celebridades, pero no es así.

Intentamos atravesar el comedor desapercibidos, pero es difícil que una mujer saliendo de la cocina vistiendo couture con lentes oscuros puestos y un guardaespaldas detrás, no llame la atención de cualquier manera. Creo que si un día hubiera salido vestida de camiseta y jeans, con el pelo desarreglado y sin maquillaje, nadie me hubiera reconocido, o quizás algún paparazzi me hubiera tomado fotos poco favorecedoras y las hubiera publicado bajo un escandaloso encabezado: “¿Mayra recae en las drogas?”. Yo hace tiempo que dejé los vicios, la coca y las píldoras, por lo menos. Todavía me tomo un vino de vez en cuando, pero eso no cuenta. A los dieciocho tenía tantas cosas al alcance de la mano, que era difícil decir que no. Quería probar, experimentar, (o al menos eso me repetía como excusa), como cuando le planté un beso en la boca a una actriz. La verdad no me gustó para nada el sabor a lápiz labial ni el tacto de su lengua pegajosa. Hasta ahí llegó mi curiosidad por las chicas.

La mesa donde me esperaban estaba situada estratégicamente cerca de la ventana –él no iba a desaprovechar la oportunidad de que lo vieran conmigo-. Lo saludo con mi mejor sonrisa y un pausado beso en la mejilla. Desde ese momento entiendo que estoy en un set a punto de empezar una escena improvisada. Estuvimos hablando idioteces, de cómo iba la película en taquilla, de cuando volvemos a trabajar juntos, y otras sandeces más que respondí de forma automática. Ese guión lo tenía bien ensayado. A él ni le cruzaba por la mente que hoy desertaría de los escenarios.

La charla pronto se me hizo aburrida, pero en modo automático podía continuar conversaciones aburridas y repetitivas por horas, así que me tomé el café negro sin azúcar y me comí las dos claras de huevo y el yogurt de vainilla con toda la parsimonia necesaria para dar un buen espectáculo. Hacia el final del desayuno, extendió su mano sobre la mesa con intención de rozar la mía para dar de qué hablar a la prensa. Como soy mejor actriz que él, logré zafarme del intento con la mayor cortesía, como si no hubiese advertido sus intenciones. Me despedí con otro beso menos pausado en la mejilla y él colocó su mano sobre mi hombro para lograr una buena foto conmigo. Lo dejé, ya qué más da. Luego Jacobo y yo nos dirigimos hacia la puerta principal. Esta vez no había escapatoria. Me puse los lentes y agaché la cabeza para sumergirme en el mar de voces que me acompañaron hasta la limosina. Le pedí al chofer que nos llevara al observatorio. Jacobo puso mala cara, pero no me objetó el destino.

Llegamos a la cima de la montaña y estaba casi desierto, solo había una pareja trotando con los audífonos puestos. Decidí deshacerme de los lentes y de los zapatos de tacón alto. Me bajé y le pedí a Jacobo que no me acompañara. Refunfuñó un poco pero se quedó esperándome al lado de la limosina desde donde podía verme. Cuando me paré a su lado me sentí como una niña de doce. Descalza, yo me convertía en Pulgarcito y Jacobo en el gigante de las habichuelas. Lo miré. El sol se escondía detrás de su cabeza redonda con nada de cabello. Volteó a verme y me enceguecieron los rayos del sol, igual que los flashes de las cámaras. Se apresuró a taparlo de nuevo con su gran cabeza. “Eres un buen hombre, Jacobo” le dije. No me respondió pero sonrió con la mitad de la boca.

Admiré la ciudad de Los Ángeles. La vista era nítida, como pocas veces se puede ver por el aire contaminado que suele envolver la ciudad. En uno de los senderos que bordea la montaña avisté un par de niños pequeños caminando junto a una mujer que supongo era la madre. Ella los vigilaba desde atrás mientras los dos daban saltitos o pateaban la tierra de la montaña para levantar el polvo. De pronto el niño que caminaba cerca del borde tropezó llenándome de espanto cuando lo vi tambalearse hacia el precipicio, pero la madre, con un movimiento que ni siquiera el mejor de los dobles de maniobras que usamos en la películas hubiese podido imitar, estiró su brazo más de lo normal y atrapó al niño impidiendo que cayera. Mientras la mamá lo reprendía que tuviese más cuidado, quedé embelezada con la carita del hermano que observaba la escena calladito y con las manos en el pecho, seguro más asustado e impresionado de lo que lo estaba yo. Le sonreí a la ciudad diciéndole desde mis adentros que no la extrañaría en lo absoluto.

Llamé a Jacobo. “¿Tienes una cámara?” le pregunté. Se tanteó los bolsillos del saco como por reflejo. Me pidió que esperara un momento y corrió pesadamente hacia la limosina (me recordó la forma de correr de un Tiranosaurio Rex). Le tocó el vidrio a la puerta del chofer y, tras un breve intercambio de palabras, éste le pasó su celular. Corrió de regreso y me entregó un teléfono pequeño de casco azul y botones grandes con una pantalla que decía “AT&T” en letras toscas. “¿Y esto saca fotos?” le pregunté. Lo tomó y con sus dedos gruesos presionó lo que supongo era la tecla para activar la cámara. Me lo devolvió dándome instrucciones de cómo usarlo. “No, Jacobo”, le dije “necesito que la tomes tú”. Posé delante del paisaje de la forma más natural que pude. “Asegúrate de que salgan todas las letras de HOLLYWOOD” . Jacobo alzó el teléfono que se perdía entre sus manazas y dijo “uno, dos, tres” antes de tomar la foto. Se acercó y me la enseñó, “¿le parece bien?” Creo que era una de las fotos mas descuadradas que me habían tomado en mi vida, pero se veía el letrero completo y la mitad superior de mi cuerpo. Le di las gracias y juntos regresamos a la limosina.

Le pedí al chofer que me vendiera su teléfono. “¡Quédeselo!”, me dijo entusiasmado, como si fuera yo la que le estaba haciendo un favor. Es irónico que mientras más dinero y fama tengo, más quieren regalarme cosas. Me han dado vestidos, joyas, zapatos, perfumes, ¡todo gratis! sólo para que alguna vez los usara en algún evento especial. Ya ni en los restaurantes me dejaban pagar la cuenta. No quise aceptar el regalo pero si quería la foto. “No puedo aceptarlo”, le dije, “déjeme al menos darle algo a cambio”. Tomé los zapatos que estaban acomodados en el piso del auto y se los entregué. “Tal vez a su esposa le queden. Sólo los usé el día de hoy”. El hombre recibió el regalo con evidente satisfacción y me pidió que se los firmara. Sobre la suela roja le firmé mi último autógrafo a ese chofer. Jacobo me preguntó a dónde quería ir. “A casa Jacobo, no tengo zapatos”. ¿Cómo será mi vida sin Jacobo? ¿Lo extrañaré?

En el camino hurgué el celular del chofer y me di cuenta que no era la mía la única fotografía. Él me dijo que no me preocupara por las fotos, que las podía borrar. Las había tomado su hija pequeña que a veces jugaba con el aparato. Las miré antes de borrarlas. Una era una mano borrosa, otra un ojo, otra la cola de un perro y otra la de un chofer sin sombrero ni traje ni aspecto de chofer sentado frente al televisor. Justo la cotidianidad que anhelaba en mi vida. Conservé las fotos.

Llegamos a la casa y por suerte en el portón habían sólo dos periodistas. Me bajé, y ante el desconcierto de los fotógrafos y de Jacobo, me subí la falda hasta la mitad de los muslos y les coqueteé doblando una de las piernas, descalza y todo. Los fotógrafos dispararon sus cámaras como si tuvieran metralletas y yo estuviera en el paredón. La verdad Mayra Larns estaba agonizando. Estas serían sus últimas fotografías para el público.

En la casa y le pedí a Jacobo que despidiera al chofer, pues no lo necesitaríamos más por el día de hoy (ni nunca). Qué extraño va a ser vivir sin Jacobo. Ha sido, en muchos aspectos, más que un esposo. Me ha protegido, ha complacido mis caprichos y me ha acompañado a todas partes. Su presencia masculina ha sido la única sincera que he tenido estos últimos diez años. Desde “Almas en Descanso” (mi primera película taquillera, pero la sexta de mi carrera) comenzaron a aparecer hombres en mi vida como tábanos en el campo. Revoloteaban insistentemente a mi alrededor, se posaban en mi piel y, si nos los espantaba pronto, comenzaban a chuparme la sangre. No hubo uno sólo que valiera la pena. El primero fue un famoso actor de cine, al que llamaré Teo para evitarme acusaciones por difamación. Hombre encantador de ojos azules y cabello rubio, un auténtico ejemplar de cuentos de hadas. El día que mi agente me dijo que me había invitado a almorzar, no lo podía creer. Ese tipazo quería salir conmigo, un embrión de actriz de sólo diecinueve años. La noche anterior no podía dormir, así que mi agente sugirió unas píldoras (mi primer vicio) “inofensivas y poco adictivas”, según recuerdo. Me desperté con un poco de dolor de cabeza, pero no tenía ojeras ni bolsas en los ojos. Empecé a prepararme desde las diez de la mañana. Ese día fue que contraté a mi estilista personal. No me costó mucho convencerla de que me arreglara el cabello cuando le dije con quién tenía la cita. En menos de una hora la tenía en mi casa. Según ella, nada de lo que había en mi closet servía (la mayoría, prendas de mi elección), así que me llevó a una tienda de alta costura en pleno Rodeo Drive. Nunca antes, hasta ese momento, había visto a tantos fotógrafos. Ese día aprendí mi primera lección de celebridad: las noticias corren muy rápido en Los Ángeles.

Caminé entre aquella jauría confiada en que iba a poder con ellos. ¿Qué más quería yo que ser la noticia? Las preguntas llegaron seguidas y superpuestas entre sí. Lo poco que podía entender lo respondía, pero de inmediato me jalaban hacia otro lado con más preguntas o afirmaciones absurdas como: “¿cuánto tiempo llevan de novios?”, “¿estás embarazada?” y cosas así. Lección número dos del día: las noticias viajan rápido pero van cambiando de argumento. La estilista me tomó del brazo y casi me arrastró hasta la tienda. “Eres una novata” dijo entre risitas burlonas. No voy a entrar en los pormenores de nuestra visita a la tienda: sácate, ponte, ceño fruncido, me vio desnuda, vergüenza, sácate, ponte, ahora me vio la dependienta y el costurero, quítate lo de arriba, póntelo con esta falda… así estuvimos por casi dos horas, hasta que por fin se decidió. Cuando me vi en el espejo con todo el ajuar, no me reconocí a la primera. Mayra Larns se veía maravillosa. No había nada de Lucía en aquella imagen.

Mi encuentro con Teo horas más tarde fue como un sueño. Fuimos a un restaurante elegantísimo. Abundaban los tonos café y dorado claro, tanto en las mesas como en las cortinas. Enormes candelabros colgaban sobre cada mesa y un ejército de meseros en frac impecable parecían danzar entre las pocas mesas. Teo estaba sentado en una de ellas y en seguida se levantó a recibirme. ¡Un caballero! pensé. Su cabello se levantaba como una ola sobre la frente y tenía puesta una sonrisa de medio lado que podría derretir hasta el acero, si este fuera vulnerable a tanta belleza. El corazón se me salía del pecho, las manos me temblaban, estaba a punto de perder el equilibrio, pero cerré los ojos por dos segundos y respiré hondo “tú puedes hacerlo”, me dije. Durante la cena, la galantería de Teo, el fresco vino blanco, la codorniz en pétalos de rosa y la música de violines susurrándome al oído, hacían que cualquier otra experiencia que hubiera tenido quedara insignificante. Al terminar la cena, me tomó la mano sobre la mesa y me dijo “espero que no lo consideres atrevido de mi parte, pero quisiera que me acompañaras a mi casa para una copa más”. Por supuesto que le dije que sí. Esa noche fue mágica, en verdad lo fue. Era el actor más deseado de Hollywood el que me besaba. Pensé cuántas mujeres morirían por estar en mi lugar. Pero luego que todo pasó y lo tenía al lado, dormido, creo, le observé la espalada. Era la espalda de cualquier hombre, era simplemente una espalda y él era solo un hombre, nada más que eso. Me levanté en silencio y me vestí. No estaba segura de cómo proceder en estos casos, era la primera vez que me quedaba con un hombre al que acababa de conocer. La primera de muchas. Le dejé una nota sobre la almohada. Me pareció lo apropiado para la ocasión. Nunca más me llamó. A la semana estaba en el mismo restaurante con otra actriz embrión, igual que yo.

Jacobo empezó a ser mi guardaespaldas poco después de mi cita con ese actor. Es una de las pocas personas que ha visto mis mejores y peores comportamientos. Eso me hace sentir libre frente a él. Puedo ser quien soy o quien me provoque ser en el momento. Me da pena pensar que ni siquiera podré despedirme. Cuánto lo voy a extrañar.

Mi agente llegó a la casa al poco rato de que regresamos de la montaña. Es la típica mujer de negocios: cabello planchado hasta el mentón y flequillo espeso, flaca y alta como un asta de bandera y con las manos sosteniendo siempre, textualmente siempre, el smart phone que teclea con la velocidad de las alas de un colibrí. Me saludó, seca como siempre, y me dijo que ya estaba todo listo para mi desaparición, no sin demostrar con una mueca su evidente rechazo. “Vendrá tu madre a recogerte en una carro de esos que usa la plebe”. Le encanta referirse a la gente ordinaria como “la plebe”. Supongo que a partir de hoy me llamará así a mi también. . “¿No se lo has dicho a nadie?, ¿verdad?” me preguntó con la cabeza agachada y ambos ojos mirándome bajo el fleco, parecía más una amenaza que una pregunta. “No”, le dije “pero me gustaría decirle a Jacobo”. Puso los ojos en blanco y me dijo que de ninguna manera. Yo suspiré, -¿por qué suspiré?- y no le insistí. Sé que es más seguro así. Si tan sólo una persona abre la boca, todo se vendría abajo.

No había ya nada que empacar. Todo estaba listo. En total completé cuatro maletas. Allí llevaba todo lo que quería conservar de mi vida como actriz: algunos vestidos y zapatos, los dos premios más importantes, la edición especial en CD de cada una de mis películas, fotos que me traen buenos recuerdos y… si Jacobo cupiera en una de ellas me lo llevaría también. Antes de irme debía despedir a Jacobo. Ya son las cinco menos quince, no puedo dejarlo para después. Me acero a la cocina, que es donde siempre me esperaba. Está parado frente al lavaplatos mirando a través de la ventana, no sé si al sauce o a la cascada de la piscina, pero está casi en trance. Carraspeo y él se sobresalta. “¿Se le ofrece algo?” me dice, con esos ojos tiernos encerrados en duras facciones. Empiezo a darle vueltas al tema y él me miraba impasible. “Señorita”, interrumpe “¿debo retirarme?” Asiento a la vez que los ojos se me llenan de lágrimas inesperadas. Jacobo me toca el brazo con delicadeza. Me parece que sus ojos están envueltos en burbujas a punto de explotar. De inmediato se pone los lentes oscuros. “Cuídese mucho” son sus palabras de despedida. Tengo ganas de llorar, de encerrarme en mi habitación y quedarme ahí entre sollozos el resto de la tarde. Pero hay cosas mucho más importantes que hacer.

Mi madre llega en el carro de “plebeyos” a la hora planificada. Me pongo jeans, playera y zapatos deportivos. Ato mi cabello en cola de caballo y me pongo unos lentes de sol simples. Me subo en el auto y mi madre me abraza y me dice que está muy orgullosa de mi. Siempre me lo dice, hasta cuando no hago las cosas tan bien como debería. Gracias a ella alcancé mis sueños y sé que también me ayudará a alcanzar los venideros.

Tardamos una hora en llegar al aeropuerto, luego seis de vuelo en el Jet privado que renté y media más en el taxi que nos deja en el hospital. Mi madre y yo nos tomamos de la mano, apretándonos con fuerza. No sé cual de las dos está más emocionada y nerviosa. Por un momento siento que me desvanezco y estiro instintivamente mi brazo buscando a Jacobo, pero sólo alcanzo la pared fría del hospital. Nos paramos frente al vidrio y una enfermera se nos acerca. “¿Es usted Lucía Bordos?” pregunta en portugués. Asiento y ella me señala las dos primeras cunas del lado derecho. En una hay una bebé dormida envuelta en una cobija rosa y en la otra un despierto y activo bebé envuelto en una cobija azul. Por fin ha llegado el tan esperado momento de conocer a mis hijos: Jacobo y Mayra. No habrán crecido en mi vientre, pero son míos. Desde hoy no hay más sueños que ustedes dos en mi vida.

Escrito por: Carolina Pribanic