Archivo de la etiqueta: relato

El Final de Mayra Larns

 

La estilista llegó a las ocho y treinta par hacerme maquillaje y peinado. Lo primero en la agenda del día era desayunar con el protagonista de mi última película, así que tocaba emperifollarme más de lo normal. Le dije a la estilista, con la justa vacilación en el tono, que era la última vez que iba a necesitar de sus servicios. No me preguntó por qué ni frunció el ceño ni nada, solo se quedó impávida con un grueso mechón de cabello en la mano. Dudo que sospechara que planeaba desde hace alguno meses desaparecer el día de hoy a las cinco de la tarde (que viendo el reloj, ya casi es hora), porque lo he mantenido bien disimulado. Los únicos enterados somos mi agente, mi mamá y yo, pero si alguien más lo supiera y abriera la boca, la noticia volaría a estamparse en las portadas de las revistas y una horda de paparazzi se abalanzaría contra las puertas de mi casa. Bueno, creo que estoy exagerando un poco. Quizá ya estaba pensado en dejarme, la estilista, digo. Nunca se mostró particularmente feliz de trabajar para mí y alguna vez le vi el rostro enfurruñado mientras me peinaba. Hace diez años que tengo a alguien que me arregle el cabello todos los días, no recuerdo cómo es natural. Creo que algo crespo y color castaño oscuro o negro, no sé. Supongo que lo sabré en pocas semanas.

Los fotógrafos me esperaban a pocos metros del portó de la casa, obviamente alertados por mi agente de que a las diez desayunaría con mi coprotagonista. Eran ya las nueve y cincuenta, así que llegaría elegantemente tarde. Me puse los lente de sol y atravesé la puerta con aires de diva. Eso bastaba para volverlos locos. “¡Mayra!”, gritaban, y yo les regalaba una sonrisa de comercial de dentífrico para sus revistas de farándula. A nadie se le ocurre llamarme por mi verdadero nombre. Una sola vez caminaba alguna alfombra roja cuando alguien gritó: “¡Lucía!”. Me detuve y busqué la voz con la mirada, pero fue imposible ubicar quien era cuando todos empezaron a cantar como grillos “¡Lucía!, ¡Lucía!”

Caminé hasta la limosina empujada por la corriente. Esa corriente se llama Jacobo, mi guardaespaldas. Es exageradamente grande así que le sobraba el largo de los brazos para cuidar de mi que soy de talle petit. Como de costumbre, escondí mi rostro mirando el suelo y él me guió hasta el auto. Es extraño caminar sin ver hacia dónde, pero teniendo a Jacobo como guía no siento ningún temor.

Llegamos al Café de la Rue a las diez y quince. Otro enjambre de fotógrafos nos esperaba en la entrada, pero Jacobo prefirió que entráramos por la puerta de atrás. Allí encontramos a uno o dos fotógrafos que apostaron por la entrada trasera y les premié con buenas poses. Cada vez que entramos a través de la cocina de un restaurante, parece que el tiempo se congelara y todos quedaran en estado de espera: el cocinero con el sartén en la mano frente a la estufa caliente, el panadero con la charola llena de masitas amarillentas frente al horno abierto, el lavaplatos con las manos exudando espuma frente al fregadero, y a veces, hasta el mesonero que va de salida con dos platos en cada mano. Cualquiera pensaría que están acostumbrados a ver celebridades, pero no es así.

Intentamos atravesar el comedor desapercibidos, pero es difícil que una mujer saliendo de la cocina vistiendo couture con lentes oscuros puestos y un guardaespaldas detrás, no llame la atención de cualquier manera. Creo que si un día hubiera salido vestida de camiseta y jeans, con el pelo desarreglado y sin maquillaje, nadie me hubiera reconocido, o quizás algún paparazzi me hubiera tomado fotos poco favorecedoras y las hubiera publicado bajo un escandaloso encabezado: “¿Mayra recae en las drogas?”. Yo hace tiempo que dejé los vicios, la coca y las píldoras, por lo menos. Todavía me tomo un vino de vez en cuando, pero eso no cuenta. A los dieciocho tenía tantas cosas al alcance de la mano, que era difícil decir que no. Quería probar, experimentar, (o al menos eso me repetía como excusa), como cuando le planté un beso en la boca a una actriz. La verdad no me gustó para nada el sabor a lápiz labial ni el tacto de su lengua pegajosa. Hasta ahí llegó mi curiosidad por las chicas.

La mesa donde me esperaban estaba situada estratégicamente cerca de la ventana –él no iba a desaprovechar la oportunidad de que lo vieran conmigo-. Lo saludo con mi mejor sonrisa y un pausado beso en la mejilla. Desde ese momento entiendo que estoy en un set a punto de empezar una escena improvisada. Estuvimos hablando idioteces, de cómo iba la película en taquilla, de cuando volvemos a trabajar juntos, y otras sandeces más que respondí de forma automática. Ese guión lo tenía bien ensayado. A él ni le cruzaba por la mente que hoy desertaría de los escenarios.

La charla pronto se me hizo aburrida, pero en modo automático podía continuar conversaciones aburridas y repetitivas por horas, así que me tomé el café negro sin azúcar y me comí las dos claras de huevo y el yogurt de vainilla con toda la parsimonia necesaria para dar un buen espectáculo. Hacia el final del desayuno, extendió su mano sobre la mesa con intención de rozar la mía para dar de qué hablar a la prensa. Como soy mejor actriz que él, logré zafarme del intento con la mayor cortesía, como si no hubiese advertido sus intenciones. Me despedí con otro beso menos pausado en la mejilla y él colocó su mano sobre mi hombro para lograr una buena foto conmigo. Lo dejé, ya qué más da. Luego Jacobo y yo nos dirigimos hacia la puerta principal. Esta vez no había escapatoria. Me puse los lentes y agaché la cabeza para sumergirme en el mar de voces que me acompañaron hasta la limosina. Le pedí al chofer que nos llevara al observatorio. Jacobo puso mala cara, pero no me objetó el destino.

Llegamos a la cima de la montaña y estaba casi desierto, solo había una pareja trotando con los audífonos puestos. Decidí deshacerme de los lentes y de los zapatos de tacón alto. Me bajé y le pedí a Jacobo que no me acompañara. Refunfuñó un poco pero se quedó esperándome al lado de la limosina desde donde podía verme. Cuando me paré a su lado me sentí como una niña de doce. Descalza, yo me convertía en Pulgarcito y Jacobo en el gigante de las habichuelas. Lo miré. El sol se escondía detrás de su cabeza redonda con nada de cabello. Volteó a verme y me enceguecieron los rayos del sol, igual que los flashes de las cámaras. Se apresuró a taparlo de nuevo con su gran cabeza. “Eres un buen hombre, Jacobo” le dije. No me respondió pero sonrió con la mitad de la boca.

Admiré la ciudad de Los Ángeles. La vista era nítida, como pocas veces se puede ver por el aire contaminado que suele envolver la ciudad. En uno de los senderos que bordea la montaña avisté un par de niños pequeños caminando junto a una mujer que supongo era la madre. Ella los vigilaba desde atrás mientras los dos daban saltitos o pateaban la tierra de la montaña para levantar el polvo. De pronto el niño que caminaba cerca del borde tropezó llenándome de espanto cuando lo vi tambalearse hacia el precipicio, pero la madre, con un movimiento que ni siquiera el mejor de los dobles de maniobras que usamos en la películas hubiese podido imitar, estiró su brazo más de lo normal y atrapó al niño impidiendo que cayera. Mientras la mamá lo reprendía que tuviese más cuidado, quedé embelezada con la carita del hermano que observaba la escena calladito y con las manos en el pecho, seguro más asustado e impresionado de lo que lo estaba yo. Le sonreí a la ciudad diciéndole desde mis adentros que no la extrañaría en lo absoluto.

Llamé a Jacobo. “¿Tienes una cámara?” le pregunté. Se tanteó los bolsillos del saco como por reflejo. Me pidió que esperara un momento y corrió pesadamente hacia la limosina (me recordó la forma de correr de un Tiranosaurio Rex). Le tocó el vidrio a la puerta del chofer y, tras un breve intercambio de palabras, éste le pasó su celular. Corrió de regreso y me entregó un teléfono pequeño de casco azul y botones grandes con una pantalla que decía “AT&T” en letras toscas. “¿Y esto saca fotos?” le pregunté. Lo tomó y con sus dedos gruesos presionó lo que supongo era la tecla para activar la cámara. Me lo devolvió dándome instrucciones de cómo usarlo. “No, Jacobo”, le dije “necesito que la tomes tú”. Posé delante del paisaje de la forma más natural que pude. “Asegúrate de que salgan todas las letras de HOLLYWOOD” . Jacobo alzó el teléfono que se perdía entre sus manazas y dijo “uno, dos, tres” antes de tomar la foto. Se acercó y me la enseñó, “¿le parece bien?” Creo que era una de las fotos mas descuadradas que me habían tomado en mi vida, pero se veía el letrero completo y la mitad superior de mi cuerpo. Le di las gracias y juntos regresamos a la limosina.

Le pedí al chofer que me vendiera su teléfono. “¡Quédeselo!”, me dijo entusiasmado, como si fuera yo la que le estaba haciendo un favor. Es irónico que mientras más dinero y fama tengo, más quieren regalarme cosas. Me han dado vestidos, joyas, zapatos, perfumes, ¡todo gratis! sólo para que alguna vez los usara en algún evento especial. Ya ni en los restaurantes me dejaban pagar la cuenta. No quise aceptar el regalo pero si quería la foto. “No puedo aceptarlo”, le dije, “déjeme al menos darle algo a cambio”. Tomé los zapatos que estaban acomodados en el piso del auto y se los entregué. “Tal vez a su esposa le queden. Sólo los usé el día de hoy”. El hombre recibió el regalo con evidente satisfacción y me pidió que se los firmara. Sobre la suela roja le firmé mi último autógrafo a ese chofer. Jacobo me preguntó a dónde quería ir. “A casa Jacobo, no tengo zapatos”. ¿Cómo será mi vida sin Jacobo? ¿Lo extrañaré?

En el camino hurgué el celular del chofer y me di cuenta que no era la mía la única fotografía. Él me dijo que no me preocupara por las fotos, que las podía borrar. Las había tomado su hija pequeña que a veces jugaba con el aparato. Las miré antes de borrarlas. Una era una mano borrosa, otra un ojo, otra la cola de un perro y otra la de un chofer sin sombrero ni traje ni aspecto de chofer sentado frente al televisor. Justo la cotidianidad que anhelaba en mi vida. Conservé las fotos.

Llegamos a la casa y por suerte en el portón habían sólo dos periodistas. Me bajé, y ante el desconcierto de los fotógrafos y de Jacobo, me subí la falda hasta la mitad de los muslos y les coqueteé doblando una de las piernas, descalza y todo. Los fotógrafos dispararon sus cámaras como si tuvieran metralletas y yo estuviera en el paredón. La verdad Mayra Larns estaba agonizando. Estas serían sus últimas fotografías para el público.

En la casa y le pedí a Jacobo que despidiera al chofer, pues no lo necesitaríamos más por el día de hoy (ni nunca). Qué extraño va a ser vivir sin Jacobo. Ha sido, en muchos aspectos, más que un esposo. Me ha protegido, ha complacido mis caprichos y me ha acompañado a todas partes. Su presencia masculina ha sido la única sincera que he tenido estos últimos diez años. Desde “Almas en Descanso” (mi primera película taquillera, pero la sexta de mi carrera) comenzaron a aparecer hombres en mi vida como tábanos en el campo. Revoloteaban insistentemente a mi alrededor, se posaban en mi piel y, si nos los espantaba pronto, comenzaban a chuparme la sangre. No hubo uno sólo que valiera la pena. El primero fue un famoso actor de cine, al que llamaré Teo para evitarme acusaciones por difamación. Hombre encantador de ojos azules y cabello rubio, un auténtico ejemplar de cuentos de hadas. El día que mi agente me dijo que me había invitado a almorzar, no lo podía creer. Ese tipazo quería salir conmigo, un embrión de actriz de sólo diecinueve años. La noche anterior no podía dormir, así que mi agente sugirió unas píldoras (mi primer vicio) “inofensivas y poco adictivas”, según recuerdo. Me desperté con un poco de dolor de cabeza, pero no tenía ojeras ni bolsas en los ojos. Empecé a prepararme desde las diez de la mañana. Ese día fue que contraté a mi estilista personal. No me costó mucho convencerla de que me arreglara el cabello cuando le dije con quién tenía la cita. En menos de una hora la tenía en mi casa. Según ella, nada de lo que había en mi closet servía (la mayoría, prendas de mi elección), así que me llevó a una tienda de alta costura en pleno Rodeo Drive. Nunca antes, hasta ese momento, había visto a tantos fotógrafos. Ese día aprendí mi primera lección de celebridad: las noticias corren muy rápido en Los Ángeles.

Caminé entre aquella jauría confiada en que iba a poder con ellos. ¿Qué más quería yo que ser la noticia? Las preguntas llegaron seguidas y superpuestas entre sí. Lo poco que podía entender lo respondía, pero de inmediato me jalaban hacia otro lado con más preguntas o afirmaciones absurdas como: “¿cuánto tiempo llevan de novios?”, “¿estás embarazada?” y cosas así. Lección número dos del día: las noticias viajan rápido pero van cambiando de argumento. La estilista me tomó del brazo y casi me arrastró hasta la tienda. “Eres una novata” dijo entre risitas burlonas. No voy a entrar en los pormenores de nuestra visita a la tienda: sácate, ponte, ceño fruncido, me vio desnuda, vergüenza, sácate, ponte, ahora me vio la dependienta y el costurero, quítate lo de arriba, póntelo con esta falda… así estuvimos por casi dos horas, hasta que por fin se decidió. Cuando me vi en el espejo con todo el ajuar, no me reconocí a la primera. Mayra Larns se veía maravillosa. No había nada de Lucía en aquella imagen.

Mi encuentro con Teo horas más tarde fue como un sueño. Fuimos a un restaurante elegantísimo. Abundaban los tonos café y dorado claro, tanto en las mesas como en las cortinas. Enormes candelabros colgaban sobre cada mesa y un ejército de meseros en frac impecable parecían danzar entre las pocas mesas. Teo estaba sentado en una de ellas y en seguida se levantó a recibirme. ¡Un caballero! pensé. Su cabello se levantaba como una ola sobre la frente y tenía puesta una sonrisa de medio lado que podría derretir hasta el acero, si este fuera vulnerable a tanta belleza. El corazón se me salía del pecho, las manos me temblaban, estaba a punto de perder el equilibrio, pero cerré los ojos por dos segundos y respiré hondo “tú puedes hacerlo”, me dije. Durante la cena, la galantería de Teo, el fresco vino blanco, la codorniz en pétalos de rosa y la música de violines susurrándome al oído, hacían que cualquier otra experiencia que hubiera tenido quedara insignificante. Al terminar la cena, me tomó la mano sobre la mesa y me dijo “espero que no lo consideres atrevido de mi parte, pero quisiera que me acompañaras a mi casa para una copa más”. Por supuesto que le dije que sí. Esa noche fue mágica, en verdad lo fue. Era el actor más deseado de Hollywood el que me besaba. Pensé cuántas mujeres morirían por estar en mi lugar. Pero luego que todo pasó y lo tenía al lado, dormido, creo, le observé la espalada. Era la espalda de cualquier hombre, era simplemente una espalda y él era solo un hombre, nada más que eso. Me levanté en silencio y me vestí. No estaba segura de cómo proceder en estos casos, era la primera vez que me quedaba con un hombre al que acababa de conocer. La primera de muchas. Le dejé una nota sobre la almohada. Me pareció lo apropiado para la ocasión. Nunca más me llamó. A la semana estaba en el mismo restaurante con otra actriz embrión, igual que yo.

Jacobo empezó a ser mi guardaespaldas poco después de mi cita con ese actor. Es una de las pocas personas que ha visto mis mejores y peores comportamientos. Eso me hace sentir libre frente a él. Puedo ser quien soy o quien me provoque ser en el momento. Me da pena pensar que ni siquiera podré despedirme. Cuánto lo voy a extrañar.

Mi agente llegó a la casa al poco rato de que regresamos de la montaña. Es la típica mujer de negocios: cabello planchado hasta el mentón y flequillo espeso, flaca y alta como un asta de bandera y con las manos sosteniendo siempre, textualmente siempre, el smart phone que teclea con la velocidad de las alas de un colibrí. Me saludó, seca como siempre, y me dijo que ya estaba todo listo para mi desaparición, no sin demostrar con una mueca su evidente rechazo. “Vendrá tu madre a recogerte en una carro de esos que usa la plebe”. Le encanta referirse a la gente ordinaria como “la plebe”. Supongo que a partir de hoy me llamará así a mi también. . “¿No se lo has dicho a nadie?, ¿verdad?” me preguntó con la cabeza agachada y ambos ojos mirándome bajo el fleco, parecía más una amenaza que una pregunta. “No”, le dije “pero me gustaría decirle a Jacobo”. Puso los ojos en blanco y me dijo que de ninguna manera. Yo suspiré, -¿por qué suspiré?- y no le insistí. Sé que es más seguro así. Si tan sólo una persona abre la boca, todo se vendría abajo.

No había ya nada que empacar. Todo estaba listo. En total completé cuatro maletas. Allí llevaba todo lo que quería conservar de mi vida como actriz: algunos vestidos y zapatos, los dos premios más importantes, la edición especial en CD de cada una de mis películas, fotos que me traen buenos recuerdos y… si Jacobo cupiera en una de ellas me lo llevaría también. Antes de irme debía despedir a Jacobo. Ya son las cinco menos quince, no puedo dejarlo para después. Me acero a la cocina, que es donde siempre me esperaba. Está parado frente al lavaplatos mirando a través de la ventana, no sé si al sauce o a la cascada de la piscina, pero está casi en trance. Carraspeo y él se sobresalta. “¿Se le ofrece algo?” me dice, con esos ojos tiernos encerrados en duras facciones. Empiezo a darle vueltas al tema y él me miraba impasible. “Señorita”, interrumpe “¿debo retirarme?” Asiento a la vez que los ojos se me llenan de lágrimas inesperadas. Jacobo me toca el brazo con delicadeza. Me parece que sus ojos están envueltos en burbujas a punto de explotar. De inmediato se pone los lentes oscuros. “Cuídese mucho” son sus palabras de despedida. Tengo ganas de llorar, de encerrarme en mi habitación y quedarme ahí entre sollozos el resto de la tarde. Pero hay cosas mucho más importantes que hacer.

Mi madre llega en el carro de “plebeyos” a la hora planificada. Me pongo jeans, playera y zapatos deportivos. Ato mi cabello en cola de caballo y me pongo unos lentes de sol simples. Me subo en el auto y mi madre me abraza y me dice que está muy orgullosa de mi. Siempre me lo dice, hasta cuando no hago las cosas tan bien como debería. Gracias a ella alcancé mis sueños y sé que también me ayudará a alcanzar los venideros.

Tardamos una hora en llegar al aeropuerto, luego seis de vuelo en el Jet privado que renté y media más en el taxi que nos deja en el hospital. Mi madre y yo nos tomamos de la mano, apretándonos con fuerza. No sé cual de las dos está más emocionada y nerviosa. Por un momento siento que me desvanezco y estiro instintivamente mi brazo buscando a Jacobo, pero sólo alcanzo la pared fría del hospital. Nos paramos frente al vidrio y una enfermera se nos acerca. “¿Es usted Lucía Bordos?” pregunta en portugués. Asiento y ella me señala las dos primeras cunas del lado derecho. En una hay una bebé dormida envuelta en una cobija rosa y en la otra un despierto y activo bebé envuelto en una cobija azul. Por fin ha llegado el tan esperado momento de conocer a mis hijos: Jacobo y Mayra. No habrán crecido en mi vientre, pero son míos. Desde hoy no hay más sueños que ustedes dos en mi vida.

Escrito por: Carolina Pribanic