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La Promesa

Isabel y yo llegamos a este pueblo cuando sólo teníamos diecinueve años, con nada más que la ropa que llevábamos puesta y un caballo que nos dio mi padre como regalo de bodas. No era un gran caballo, pero conseguimos nuestro primer trabajo juntos gracias a él. Usábamos el caballo para jalar el arado que abría los surcos donde plantaban las semillas de los nabos. Por bondad o por lástima, el dueño de esas tierras, el señor Botica, nos permitió quedarnos a dormir en su granja hasta que consiguiéramos un lugar propio. Trabajábamos de lunes a sábado de seis a tres y en el tiempo libre solíamos ir a pasear por el pueblo o íbamos a visitar al señor Botica que siempre nos invitaba a tomar merienda.

Pronto ahorramos dinero suficiente para rentar una pequeña casa en el pueblo. Malino es un pueblo pequeño, muy pequeño, tanto que no tenía ni funeraria ni cementerio. A las pocas semanas de habernos mudado, se murió el vecino de la casa de al lado. Como no tenía parientes, hubo que esperar a que la funeraria del pueblo más próximo tuviera la carroza desocupada para venirlo a buscar. Se tardaron dos semanas. El olor del cuerpo descomponiéndose hizo que los habitantes del pueblo se taparan la boca y nariz con trozos de tela, y resguardaran sus casas apiñando trapos húmedos en las rendijas de puertas y ventanas. A Isabel y a mí no nos molestaba el olor, no sé por qué. Cuando vinieron a retirar el cuerpo, fuimos los únicos que ayudamos a cargarlo hasta la carroza.

Después de eso, pensamos que lo más lógico era montar un negocio de pompas fúnebres y un cementerio en un terreno baldío. Lo establecimos en esa misma casa que luego del incidente la vendían a muy buen precio. Le llamamos “La Soledad”. Todos los habitantes de Malino respiraron aliviados al enterarse de que nosotros nos encargaríamos de sus muertos, pero al mismo tiempo creó una sombra alrededor de nosotros. Nadie venía a visitarnos, al menos no mientras estaban vivos, y nosotros no buscábamos estar con nadie más que no fuera el otro.

Así pasaron casi treinta años. Una mañana cualquiera, la hallé muerta. Su cuerpo en una posición que sugería que estaba sentada en la silla del comedor cuando ocurrió, pues tenía la cara contra el suelo, las piernas de rodillas, su cuerpo doblado como un triángulo. Ese mismo día la embalsamé y la puse en el sofá de la sala donde le gustaba sentarse a leer por la tarde.

Pasaron dos noches y dos días. No lograba comer ni dormir, porque no sabía hacerlo solo. Se me hacía insoportable la idea de que me enterraran lejos de ella. Si me hubiera suicidado, alguien hubiera llamado a la funeraria del otro pueblo y quién sabe dónde terminaríamos enterrados o desechados. Después de pensarlo mucho, encontré una solución. No es algo que hubiera elegido hacer, pero yo tenía una promesa que cumplir.

No podía enterrarme a mí mismo, eso lo descarté desde el principio por imposibilidades en el procedimiento. La única manera era meterme con ella en un mausoleo, de esos que se levantan sobre la tierra y están hechos de mármol. Pero nosotros no teníamos uno, y me hubiera tardado al menos una semana o más en construirlo. No creí que aguantase tanto tiempo sin comer ni dormir. El único mausoleo con espacio suficiente era el del señor Botica. Allí estaban sepultadas su madre y su hermana, pero todavía le quedaban varias criptas vacías. El inconveniente principal era que no podía llevar a Isabel hasta allá sin que me vieran; además, tarde o temprano el señor Botica se daría cuenta de que hay un ataúd de más en su mausoleo.

Debía entonces matar al señor Botica, hacer los servicios fúnebres y luego llevarlos a ambos en el mismo ataúd hasta el cementerio. Pero debía hacerlo esa misma noche, antes que me quedara sin fuerzas.

Nunca había pensado en matar a alguien ni sabía cómo hacerlo, pero se me ocurrió que la forma más sencilla era asfixiándolo durante la noche. Estaría dormido, sería una muerte dulce. Sabía que lo encontraría en la casita que tiene en el pueblo, porque solía quedarse ahí los miércoles después de reunirse con el contador. No habría testigos.

La calle estaba sola y sumida en la penumbra. En su casa se veía el resplandor de una débil luz por la ventana. Sabía que podía escabullirme por la puerta principal, porque jamás cerraba con llave.

Adentro todo estaba callado y oscuro. La tenue luz que había visto por la ventana, venía de una lámpara de mesa puesta en el corredor de la entrada. Encontré solo una puerta entreabierta, la del dormitorio. La cama estaba cerca de la ventana y le soplaba luz de la calle. El señor Botica dormía allí, respirando sus últimas bocanadas de aire con esos ronquidos ásperos de la vejez. Asfixiarlo era un trabajo sencillo.

Lo giré lentamente y comenzó a moverse como en sueños. Esperaba que no se despertara, no sabía si tendría el coraje de matarlo despierto. Se quedó quieto con la boca bien abierta. Arrastré la almohada sobre su cara y me abalancé sobre ella con todo el peso de mi cuerpo. Sus manos aleteaban y sus piernas convulsionaron con una fuerza que me pareció muy débil en comparación con la mía. Me mantuve así hasta que sentí que su cuerpo dejaba de temblar entre espasmos. Estaba hecho. Eché una mirada bajo la almohada y vi sus ojos abiertos y desorbitados. Le palpé la garganta y no encontré pulso. Lo había logrado. Era momento de irme a casa y esperar a que alguien lo encontrara.

Al siguiente día, me preparé desde temprano. Acosté a mi esposa en el dormitorio, me vestí de traje negro y salí a la funeraria. Saqué a la vista el ataúd más grande que tenía, lo suficiente para que cupiéramos los dos. A las diez de la mañana ya tenía al contador del señor Botica frente a mí. Me dio el pésame como si fuera yo un pariente. Le di las gracias y pasé a informarle el procedimiento de los servicios funerarios. Le recomendé que lo velaran solo por una noche porque que el clima estaba muy caliente y el cuerpo se descompondría más rápido. Él me dijo que podía enterrarlo de inmediato, que sus pocos parientes ni se acordaban de él y nadie asistiría al velorio. Eso fue una estupenda noticia para mí. Iba a poder sepultarme con mi esposa esa misma noche.

Cuando pensé que ya se iba, el contador abrió un portafolio con papeles en los que alcancé a ver escrito mi nombre: Rómulo García. Me informó que el señor Botica había arreglado que cuando muriera se pusieran a nombre mío y de mi esposa todas las tierras que habíamos trabajado cuando llegamos aquí. Al principio pensé que se trataba de un malentendido, pero cuando leí los documentos, supe que era cierto: el hombre al que había asesinado nos había dejado de herencia más de setenta hectáreas de tierra fértil.

Debo confesar que hasta ese momento no me había causado ningún remordimiento el asesinato. Me dio un mareo que hizo que me tabaleara. El contador me ayudó a sentarme y preguntó por mi esposa. “Fue a comprar materiales para el negocio”, le dije, “ya casi nos quedamos sin formol”. “¿Y no fue con usted?” preguntó sorprendido. Tartamudeé un poco antes de inventar una respuesta convincente, y le dije que me había enterado de la muerte del señor Botica y por eso me quedé en la funeraria. “¿Quién le dijo?”, preguntó, “todos lo saben, en este pueblo las malas noticias se saben pronto”, respondí. Me miró con sospecha, pero no preguntó nada más. Dijo que al día siguiente pasaría de nuevo a que le firmara los papeles necesarios para entregarme las tierras.

Me di cuenta de que ya no estaría ahí cuando él volviera. Estaría encerrado en un ataúd esperando a que llegara la muerte. Por primera vez sentí miedo y me dio vergüenza mi cobardía. Apareció Isabel frente a mí, reclamándome la putrefacción que poco a poco sufría su cuerpo mientras el mío permanecía lleno de vida. Esa vez si lloré. Le juré que esa misma noche estaríamos los dos juntos, esta vez para siempre, como se lo había prometido.

Saqué la carroza fúnebre y fui a buscar al señor Botica. Lo encontré igual que como lo había dejado la noche anterior, pero sus ojos estaban cerrados. A un lado de la cama habían dejado un traje azul oscuro, camisa blanca, una corbata y un par de zapatos negros. Los dolientes siempre entregan zapatos, pero jamás se le ponen zapatos a los muertos. Cargué el cuerpo y lo transporté hasta “La Soledad”. Lo embalsamé, lo vestí e hice lo que pude para maquillarlo. Mi esposa era la que solía hacer esa parte. Nadie lo iba a velar, pero pensé que el viejo merecía ser sepultado con buena facha.

Terminé de arreglarlo y meterlo en el ataúd a las dos y veinte. Me resultó muy pesado hacerlo todo solo y estaba cansado. Decidí salir un rato antes de irnos todos al sepulcro. Caminé por mucho tiempo sin pensar en nada más que en Isabel. Todo lo que veía me recodaba a ella. Sin habérmelo propuesto, llegué hasta las tierras del señor Botica, que a partir del siguiente día serían mis tierras. Los nabos estaban listos para la cosecha y había una huerta con plantas llenas de fresas enormes. Los peones y las mujeres me saludaron con una corta reverencia. Supuse que ya se habían enterado de que en adelante era a mí a quien debían obedecer. Por primera vez en mi vida me sentí poderoso y respetado. Una de las mujeres se acercó a ofrecerme algunas fresas. Tenía el cabello negro y brillante como un caballo y unos ojos azules que me miraron con interés. No recuerdo qué me dijo, pero tenía una voz dulce y serena. Recibí las fresas y las saboreé con el placer de una lengua que no ha probado nada en tres días. Imaginé a la mujer de las fresas acostada sobre la hierba que rodeaba la huerta jugueteando con las puntas de su cabello. Apareció de nuevo Isabel. Se veía peor que hace unas horas. Tenía la piel escamosa y verde y en su cabeza apenas quedaban pocos mechones de cabello que se había tornado completamente blanco. Protestó que ella no podía saborear el dulce jugo de las fresas. Me metí el dedo hasta la garganta y las vomité. Empecé a sentirme muy mareado y perdí el equilibrio. La mujer de las fresas me sujetó del brazo y su contacto hizo que me dieran ganas de llorar, pero solo me dejé caer al suelo. Mandó a que me buscaran un vaso de agua con azucar y me animó a bebérmelo entero. En cuanto me recuperé di las gracias y me marché.

Llegué a casa exhausto y sediento. Tomé dos vasos de agua más y después de eso sentí hambre por primera vez. Fui corriendo al cuarto donde tenía el cuerpo de mi esposa y la abracé. Estaba sumamente fría y tiesa. Miré su rostro y no encontré nada de ella ahí. Era como si estuviera viendo un cadáver cualquiera de los muchos que había enterrado. Me aparté de ella y empecé estrellar todo lo que encontraba contra el suelo. Halé las cortinas, di vuelta a la mesa de noche, abrí el armario y arranqué la ropa de ella para desparramarla por el suelo. Pateé, golpeé, grité como si un demonio se hubiera apoderado de mi cuerpo. Fui hasta la cocina y saqué una hogaza de pan duro. La mordí con rabia y mastiqué el trozo pétreo hasta que se convirtiera en algo que pudiera tragar. Levanté la mirada y ahí estaba ella otra vez, más descompuesta. Los ojos parecían dos bolas blancas metidas en cavidades cadavéricas y sus dientes podían verse hasta las encías aunque no estaba sonriendo. Antes de que volviera a hablarme le increpé duramente el haberme dejado. Le grité toda clase de insultos entre sollozos y salpicones de saliva, mientras seguía tirando todo cuanto encontraba cerca. Ella ni se inmutó, solo mantenía sobre mí esa mirada de reproche.

Corrí hasta el cuarto, cargué su cuerpo y lo llevé hasta el ataúd del señor Botica. La acomodé toscamente y cerré la tapa. Fui por la carretilla y subí en ella el ataúd para llevarlo hasta la carroza.

Me tardé menos de una hora en llevarlos hasta el cementerio. Abrí la puerta del sepulcro y desplacé la urna hasta el lugar que había elegido previamente. Cerré la puerta y abrí la tapa del ataúd. Si bien era más grande de lo normal, los dos cuerpos estaban muy juntos, el brazo del señor Botica se había desplazado en el camino y su mano descansaba sobre la cadera de mi esposa como si estuviese bailando con ella. Cargé al señor Botica y lo metí con los pies por delante dentro de una de las criptas, donde yacería para siempre sin un cofre que lo protegiera de las ratas y las moscas. El ataúd de Isabel y mío quedaría sellado sobre la plataforma central bajo una cruz de vidrio grueso que permite entrar la luz. Metí primero mis piernas y luego me recosté junto a ella. Bajé la tapa y la aseguré por dentro con unos broches que había atornillado previamente. Ya no pude ver nada.

Cualquier movimiento que hiciera se escuchaba nítidamente por el roce de nuestras ropas. Pasé mis dedos por su rostro áspero y gélido. Aparté la mano de su cara y me conformé con recostar mi brazo sobre su pecho. Había pensado que no tardaría mucho en acabarse el aire, pero continuaba respirando normalmente. No tenía reloj, pero escuchando mis latidos calculaba cuanto tiempo iba transcurriendo. Creo que me quedé dormido cuando llevaba contados trescientos veinte.

Desperté sintiendo un olor ácido, como a vinagre. Me apreté la nariz y boca, pero antes de poder asfixiarme mi mano se aflojaba e involuntariamente aspiraba una bocanada de aire. Pasaban las horas y no yo no me moría.

Fue cuando desperté por segunda vez que entré en pánico. La solución a la incomodidad, a la sed, al hambre y a los calambres de mi cuerpo era muy sencilla y estaba al alcance de mi mano. Sólo debía levantar la tapa. Me acurruqué contra ella y le sollozaba que me llevara con ella, que me ayudara a cumplir mi promesa. Se oyó un ligerísimo golpe en la tapa, como si sobre ella hubiese caído una semilla. Pensé que quizás alguien me había escuchado y había entrado al sepulcro. Abrí la tapa. El sepulcro estaba casi tan oscuro como dentro del ataúd, pero poco a poco mis ojos lograron ver las formas que me rodeaban. La poca luz provenía de la cruz de vidrio en la pared. Tenía todas las extremidades acalambradas, tardé mucho en salirme del ataúd. Escudriñé el interior del sepulcro, pero solo me topé algunas ratas. Regresé hacia la urna abierta. Nunca había sentido tanto pavor en mi vida. Sólo imaginarme entrar ahí otra vez sin saber cuando acabaría yo de morirme me paralizó. Fue entonces cuando le dije: no puedo hacerlo, mi amor.

Sentí que la voluntad me abandonaba y que las lágrimas no pararían de brotar jamás. Pensé que moriría de tristeza tirado en el suelo de ese sepulcro. La noche se puso más oscura cuando ya no me quedaban más lágrimas para llorar. Me levanté, le di un beso en sus labios gélidos y cerré la tapa.

Vagué por las calles solitarias de Malino buscando la granja. Abrí el portón de madera y encontré el rincón donde Isabel y yo nos acurrucábamos por las noches. Me senté ahí. Estaba entumecido, recuerdo ese momento como si se tratara de otro que no soy yo. La luz del alba empezó a filtrarse por las rendijas del granero. Me asomé a contemplar el campo que me pertenecía y sentí a mi derecha una figura ligera que no me atreví a mirar. Una mano se posó sobre mi hombro, “¿se siente mejor?” La miré y en sus ojos azules encontré un alivio infinito. Sonreí para ocultar la culpa. Aun hoy continuo sonriendo.

Escrito por: Carolina Pribanic